IDIOTA de Jordi Casanovas: Otro bumerán escalofriante


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Por Juan Marea.

Foto de Vanessa Rabade.

La astucia de quien se cree mejor que el otro suele viajar a modo de bumerán rebotando en la víctima elegida y, para sorpresa del lanzador, acaba derribándole.

En el ínterin, resulta estimulante asistir de cerca al proceso de acoso y derribo de la víctima propiciatoria. Y eso es lo que ofrece Jordi Casanovas en Idiota: una nueva versión del juego del gato y el ratón en el que la intriga se encarga de marcar la pauta.

En este tipo de ejercicios, el giro final que da la trama para anudar a la acción un desenlace pretendidamente imprevisible constituye la otra gran seña de identidad. La pieza de Casanovas no supone una excepción a la fórmula.

Para que el artefacto parezca novedoso, el dramaturgo -más astuto aún que sus personajes- ambienta la historia en un espacio que busca ser diferente. Y, en nombre de la posmodernidad, recurre a un especie de búnker en el que encierra no solo a su pareja protagonista, sino que además se nutre de la técnica cinematográfica para intensificar la tensión, acercándola al sadismo. Con ello, también entronca con el thriller morboso, muy cercano a la saga terrorífica de Saw,en la que se daba rienda suelta a la justicia divina del psicópata, mucho más adecuada a los tiempos que corren, enaltecedores de la crueldad primitiva del ser humano.

Tampoco falla Idiota a la hora de justificar la atrocidad mediante una reflexión superficial sobre los mecanismos del poder configuradores del grupo social, sobre la manipulación del individuo y sobre su capacidad de supervivencia ante la adversidad.

Lamentablemente, y como sucede en muchos de los antecedentes de esta pieza, se nos da gato por liebre. La comercialidad de la propuesta, movida por el afán de entretener a un público indefinido, lleva a la dramaturgia a sacrificar la profundidad en la creación de personajes, a forzar la acción dramática y a buscar una empatía casi instantánea con el antihéroe de marras, todo ello en perjuicio de un enfoque riguroso que permita llevar la obra a un nivel donde la crítica, la provocación o el mismo suspense tengan cierta entidad.

En la puesta de escena de Israel Elejalde, que podemos ver en El Pavón-Teatro Kamikaze de Madrid, priman dos aspectos con los que busca exprimir los aciertos del texto: el carisma de su intérprete principal y el espacio escénico. En cuanto a lo primero, Gonzalo de Castro derrocha simpatía y aunque tiende a la autocomplacencia transmite una pureza refrescante. Sin embargo, es su malvada oponente (una Elisabet Gelabert con muy buenas maneras) la que consigue hacer verosímil la acción a pesar de los balbuceos dramáticos con que tiene que cargar su personaje.

Respecto de lo segundo, la enorme caja diseñada por Eduardo Moreno en la que se insertan los actores refuerza su naturaleza de ratonera -o, si se quiere, laboratorio del experimento- obteniendo la propuesta una atmósfera sugestiva por la ambigüedad, la asepsia y la frialdad. En este inhóspito lugar, podrían haberse merendado entrevistadora y entrevistado, dejarnos sin aliento, sacudido en la butaca y lobotomizarnos incluso. También entretenernos con su equilibrio de fuerzas y argucias mentales. Y Casanovas no parece decidir hacia dónde quiere llevarnos. Así que, como buenos idiotas espectadores que somos, acabamos siendo presas de su habilidad como titiritero.

IDIOTA se representa en el El Pavón-Teatro Kamikaze de Madrid hasta el 8 de enero. 

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