ANDREI RUBLEV, UNA PANICOGRAFÍA de Societat Dr Alonso en la Sala Hiroshima: Un telón que sabe actuar.


Por Juan Marea.

“En nuestra profesión, todo depende de hasta qué punto eres capaz de narrar de modo interesante.” Así se expresó el cineasta Andrei Tarkovsky. Y aquí diremos entonces “amén”. ¿Acaso existe una alternativa en el mundo artístico?
Tarkovsky erigió en 1966 un monumento fílmico a Andrei Rublev, el monje que, a lo largo del último período de la Edad Media, se propuso desdibujar el horror de las pugnas religiosas rusas pintando iconografías con una perseverancia encomiable. El suntuoso fresco que Tarkovsky rodó sobrecoge por su equilibrado resultado de intimismo espiritual, costumbrismo depurado y épica narrativa, en el que extraordinarios travelines no solo ilustran una sociedad convulsa, sino que, sobre todo, encogen el alma del espectador al relatar con brío prodigioso el sentir del entorno y la entrega sin concesiones de Rublev.

Los momentos más espectaculares del poema audiovisual de Tarkovsky sirven como pretexto a Tomàs Aragay y Sofia Asencio, artífices de la Societat Dr. Alonso, para explorar en ANDREI RUBLEV, UNA PANICOGRAFÍA su idea del desplazamiento con el sonido, la escenografía y el ejercicio performático. Y la Sala Hiroshima de Barcelona se convirtió del 14 al 16 de abril en una plataforma poética evocadora.
En escena, unos etéreos Nazario Díaz y la misma Asencio cuyos movimientos son apuntes interpretativos de sensible calado en aquellos momentos del espectáculo en que adoptan una actitud simbiótica con el principal protagonista de la función: un telón móvil de chispeante dorado y multifuncional que recorre el (si se me permite la redundancia) espacio escénico con grácil desenvoltura.

La propuesta de la compañía, que se expresa en los términos siempre arriesgados de lo posmoderno, recrea la grandilocuencia del “Rublev” del otro Andrei concentrándola en un “no lugar” que nace cada vez que ese telón modifica su estado: de la rigidez inicial a un deslizamiento suave hacia atrás para luego virar y situarse en posición lateral. Y su eje se desplaza en un movimiento sinuoso, ondulante, bascular, en pos de una búsqueda intermitente por hallar su sitio. El juego multiplica su poder de fascinación cuando otro telón, suspendido este del cielo escénico, desciende hasta aprisionar en sus límites (tal vez debería decir “enmarcar”) la imagen equina más desconcertante de la película.
El espectáculo de Dr. Alonso refuerza su objetivo investigador recurriendo a unos espejos-lupa que magnifican el inicio aéreo del Andrei cinematográfico y propagan de manera especialmente intensa fragmentos aleatorios de obras pictóricas (entre ellos, un “Jardín de las delicias” del Bosco escrutado con cierta insistencia) partiendo de algunas de las obras atribuidas al propio Rublev.
Con todo ello, Aragay y Asencio parecen querer subrayar el contraste entre la enorme oscuridad del ser humano cuando es destructor (las imágenes de las sevicias a cargo de las tropas tártaro-rusas en la Rusia rural de inicios del siglo XV) frente a la luminosidad del arte entendido como instrumento de redención. Y la fuerza simbólica de su telón es deliciosamente eficaz por la riqueza semántica que de él saben extraer mediante una simplicidad aparente en cuanto a la ejecución artística.
Pero hay más: una serie de números musicales de danza y canto que parecen prestados de otra propuesta artística. Su simpatía anecdótica y la ambición de intentar incardinarlos en la relectura de la obra de Tarkovsky no bastan para no considerarlos víctimas de una pretenciosidad que empaña parcialmente las posibilidades dramáticas de esta “Panicografía”.
¿Hasta qué punto nos interesa lo que nos narra Dr. Alonso en esta ocasión? Mientras su telón siga abriendo espacios, transmutándose en atmósferas y pontificando porciones de apabullante arte ajeno, no querremos dejar de mirar y conocer.

ANDREI RUBLEV, UNA PANICOGRAFÍA se representó en la Sala Hiroshima del 14 al 16 de abril de 2016.

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