EL BON LLADRE en La Seca-Espai Brossa: Simpatía por el pobre diablo


Por Juan Marea.
El teatro acomete, a menudo, la función social de congraciar a los más desfavorecidos con la conciencia bien pensante del espectador. Un don nadie, pues, puede pasearse con desenvoltura y hasta con orgullo por el escenario si tiene la protección adecuada: la del actor que debe diluirse en aquel, la de la historia dramática que justifique a ambos y, en fin, la del director que haga las veces de intermediario, esto es, configurando con su visión dramatúrgica el espacio mágico donde confluyan la mirada curiosa del público y el exhibicionismo teatral.

Para la ocasión, se da cita estos días en La Seca Espai Brossa un rufián de poca monta que a duras penas puede ocultar su ingenuidad tras los tiroteos peregrinos para los que se le jalea. El tipo en cuestión es un matón que, como no cabía en media estrofa de Sabina, debió emigrar a tierras irlandesas y, con el fuelle de Conor Mcpherson, responde al eufemismo de “buen ladrón”.

La operación, a cargo de Xicu Masó, corona a su protagonista Josep Julien como encantador truhán, que transmuta con su entrega la banalidad vital del personaje en sugestivas andanzas.

Así pues, tenemos a un actor capaz de vestirse de los tics entrañables de una criatura que no solo implora cariño de quien sepa de él en la platea, sino que también, y a través de la mirada limpia de Julien, convierte a los asistentes en casi contertulios de su crónica funesta. el artista se dirige a su audiencia con los gajes de quien empieza a ser gato viejo de la escena: mirándole a los ojos. Sin asomo de altivez escénica ni afán por aleccionar. Uno siente que se está tomando un whisky (vodka no, que nos sentaría tan mal como a él) con Josep. Pero resulta que Josep no es Josep. Es, más bien, un cabeza de turco a quien ni el amor ni la respetabilidad van a convocar. Y su miseria despierta en nosotros una empatía que ruboriza.

El problema acaba siendo, en resumidas cuentas, la fe ciega de Masó en el atractivo del personaje, que unido a la magnífica composición de su intérprete, provoca en la función un desvanecimiento de la puesta en escena: los tres lugares indicados por el texto donde transcurre la acción no pasan de ser un mero punto de referencia para el héroe, en una pose demasiado estática para lo dinámico que es el viaje que cuenta. Con ello, la entidad de la historia pierde intensidad y la adoración al personaje eclipsa la atmósfera turbia, la violencia permanente y el alivio redentor del desenlace.

 

EL BON LLADRE se representa en La Seca-Espai Brossa de Barcelona hasta el domingo 22 de novembre.

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