SITGES’2015: KING KONG SEGUNDÓN


Por Juan Marea.

King Kong refunfuñó en Sitges ante la perspectiva de que su reluciente pelaje perdiera lustre. No en vano, casi le eclipsó con su ingenio una joyita como EL CADÁVER DE ANNA FRITZ en la pasada edición del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya. Con su debut, Hèctor Hernández Vicens me dejó boquiabierto. El poder de sugestión de sus imágenes iniciales revela con firmeza un pulso narrativo excepcional: la película presenta a la protagonista muerta de la forma más burocrática posible. La cámara la muestra cuando es trasladada al depósito de un hospital con fuerte acento barcelonés mientras una sensacionalista recopilación de boletines radiofónicos glosa todos sus honores de estrella. A continuación, se inicia la acción, oxigenada por un magnífico guión del propio director y de Isaac P. Creus que da cabida a tres antagonistas masculinos bien definidos, más un tratamiento del suspense modélico y que, además, encuentra espacio para el debate moral: ¿hasta qué punto es lícito aprovecharse de los seres más débiles? El filme, que saca un eficaz partido de su espacio, ilumina además a sus cuatro actores, de un arrollador magnetismo. Y no da tregua al espectador.

El Rey Kong cedió un poco más de terreno en su alfombra roja cuando la efervescente VICTORIA irrumpe en la pantalla. La obra, un magnífico ejemplo de cómo intimismo y acción adrenalítica pueden viajar hacia el mismo lugar, deja sin aliento por la frescura con que está contada. Sebastian Schipper rueda sin la menor pretenciosidad a pesar de que su desenlace sea muy deudor de las convenciones del género. No importa. Porque transmite un verismo inusual incluso hoy en día (empezando por las inteligentes composiciones de Laia Costa y Frederick Lau) y emociona por su reflexión profunda sobre la necesidad de destruir los límites de la moral para que algunas criaturas dejen de ser muñecas rotas de esta Sociedad que solo nos quiere si somos sumisos y mediocres. Viendo esta película, que es un extraordinario ejercicio de estilo visual al estar rodada en un solo plano-secuencia, sentimos que no estamos solos porque lo que la pantalla nos exhibe es la vida que, a menudo, dejamos escapar.

Su Majestad Kong admite que debe seguir aceptando consortes. Como el fabuloso cuento dedicado a la solidaridad universal que es EL NUEVO NUEVO TESTAMENTO. (LE TOUT NOUVEAU TESTAMENT) No os asuste su titulo. Tampoco el temor a la naftalina religiosa (de esa hubo en los LAST DAYS IN THE DESERT de Rodrigo García que nos arrastraron a un Ewan McGregor como tedioso Jesucristo). Y dejaos llevar por esta mágico relectura de las Sagradas Escrituras emparentada con el edulcorante al estilo “Amélie” pero superada por un humor negro tan feroz como entrañables son las historias que la comprenden. A pesar de la ridiculez de algunos momentos (Catherine Deneuve bochornosa), la propuesta se convierte en un precioso canto a la tolerancia y al poder de la acción individual, que siempre triunfa frente al demasiado reverenciado Destino. Esta obra de Jaco Van Dormael está llena de guiños, cuenta con una imaginería visual sabrosa y emociona desde el primer momento con su decidida apuesta por la fantasía “naïve.

Si King Kong llegara a enfurecerse, que sea porque, además, tuvo que arrodillarse ante el DEMON de Marcin Wrona, ejemplo de cine de género terrorífico intenso y trasladable a contextos más generalistas aunque igualmente espeluznantes: los convencionalismos sociales que escupen lo más podrido del individuo. En esta ocasión, la celebración de una boda según los cánones tradicionales polacos acentúa la posesión del novio británico por el espíritu de alguien que fue ultrajado años antes. Lo que hace grande este filme es que su autor utiliza el pretexto argumental para hablar de algo que nos trasciende a todos: el temor de que nos quiten lo que creemos que es nuestro (en este sentido, es prodigioso el personaje del padre de la novia, miserable y terriblement humano al mismo tiempo). No solo eso: la reflexión que el guión de Pawel Maslona y del mismo Wrona hace del conflicto entre religión y ciencia (el enfrentamiento entre el cura y el médico resulta proverbial), amor y roles tradicionales (la novia cavando una fosa en plena celebración; el novio aterrorizando con un inesperado lado femenino); vida y muerte (los invitados dispersándose como zombis campo a través; el impecable cortejo fúnebre con el que tropiezan aquellos) engrandecen una obra cuya ambigüedad (con un desenlace muy estimulante) es encomiable y que huye de los tópicos con gozosa sabiduría.

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