SITGES’2015: UN GORILA EN APUROS


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Por Juan Marea.

Ahora que King Kong ya no posa pacientemente en las alfombras rojas de Sitges, no sé si nos apetecerá ser Fay Wray hasta dentro de un tiempo.

El Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya cerró su última edición pero mi mirada a su programación, caprichosa y, a veces, intuitiva sigue debatiéndome entre el deseo de recordar lo que allí ocurrió y la frustración de revivir sus momentos más infaustos.

Lo primero que me atreví a ver fue un thriller desvaído que juega con el espectador sin demasiada fortuna. Porque su irregular ritmo y un sentido del humor negro deslavazado entre un puñado de escenas sádicas echan a perder la prometedora idea que entronca THE GIRL IN THE PHOTOGRAPHS, de Nick Simon, con su tiempo: la absoluta inclemencia frente al sufrimiento humano al convertirlo en motivo principal del arte posmoderno. Es decir, cómo la Fotografía se cobra varios cadáveres como modelos de indudable eficacia por aquello de que no hace falta pedirles que miren pajarito alguno. Sobre los psicópatas que manejan el zoom y sus insípidas víctimas mantendré un prudente silencio.

Llegó un par de horas después THE WITCH (Robert Eggerts) precedida por su prestigioso vuelo por el Festival de Sundance pero su propósito de ser una obra reseñable se diluye en una dirección artística solemne al no venir acompañada de un guión que progrese más allá de su premisa argumental inicial, dando tantas vueltas a lo largo del metraje que agota sus posibilidades dramáticas: una familia acusada y desterrada deberá lidiar con la sospecha de que uno de sus miembros la está destruyendo sin contemplaciones. Los efectismos de la música y la alternancia de secuencias sin brío con las pretendidamente terroríficas, que se resuelven de un modo superficial, acaban provocando el tedio sin desarrollar personajes ni alcanzar ningún poder de sugestión.

BLIND SUN es un experimento voluntarioso pero que se derrite bajo la pretenciosidad de su tema: la pesadilla de ser inmigrante sin papeles en Europa. Joyce A. Nashawati obtiene una obra cuya atmósfera se convierte en la mejor baza: la luminosidad de las imágenes, unida al bochorno que transpiran sus fotogramas, impregnan la pantalla de un calor sofocante, confiriendo un tono convincente a la historia. Pero, al optar esta por un discurso narrativo que vacila entre el thriller vecinal (el enemigo está en casa) y el onirismo surreal, no encuentra una personalidad propia y sepulta el desenlace en terreno de nadie.

Y, como esto fue poco más que el comienzo, decidí seguir fotografiándome junto al Rey Peludo.

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