“Gracias por venir”


Por Cristina García.

Ha muerto Lina Morgan pero una tiene la sensación de que con ella ha muerto toda una generación.
Aquella que tenía hambre en la posguerra, la que se conformaba con el mendrugo de pan y de no levantar la voz más que para decir gracias por esas migas. O ese “gracias por venir”.
Ese poner “la otra mejilla” porque ” Dios es bueno”.
Con todas estas expresiones y su muerte se destapa aun más la sensación de que le debemos algo a alguien.
Ese carácter tan nuestro que nos hace tener miedo hacia lo desconocido.

Y no es que relacione a esta fantástica mujer que hacía fenomenal su oficio de cómica con destellos negativos. Trataré de explicarme para que nadie se ofenda. Para ella, todo mi respeto.

Por aquellas coincidencias que uno establece para sí mismo, hoy me he acordado mucho de mi abuela a la que le encantaba Lina Morgan y Rocío Durcal. Fan de Hostal Royal Manzanares y el “me gustas mucho tú”.
Recuerdo que veíamos juntas algunos de los programas de televisión que la colocaron en el lugar que se merece. Seguro que muchos recordáis su escena (sublime) con el mocho.

Con su muerte (fíjate mi imaginario) puntúo el final de una época.
Hablo de que en España, poco a poco van cayéndose los estandarte que nos unieron en el pasado en una calma sujetada con pinzas. Me refiero a la España de cómicos rancios, de las Mamachicho. La España que dedicaba espacios televisivos a presidentes de Clubs de Futbol. La España de las más pura ostentación pese a la escasa cultura.
Un reflejo al que en muchos sentidos, seguimos anclados pero que en cuestiones de longevidad (por pura selección natural) vamos superando. En contra de la muerte, nadie puede luchar sin perder. Por eso ha muerto, toda una generación.
Supongo que debió pasar lo mismo cuando fallecieron Sara Montiel o Maruja Díaz. Cuando la noticia  sucede, uno tiene esa sensación de estar más cerca de algo que es inminente pero que llega tarde. Tarde como dos generaciones que tienen que sucedernos para que las cosas nuevas se vuelvan una apisonadora. Así es como la muerte conecta un punto con otro. Puntos que en apariencia no tienen nada en común. Ya queda menos de aquel recuerdo de un país que intenta moldearse a contracorriente. Un país que empieza a florecer con gente de otra generación que se aleja de aquella del mendrugo de pan, de Jose Luis Moreno y los Santos Inocentes. Una sociedad que se distancia de pronunciar la palabra “señorito”.

Ayer me hice un poco más vieja, como cada día que pasa. Más cerca del cataclismo que dará un giro en este país. De un big bang interior mucho mayor como fue la muerte de mis abuelos. Y que creará un humo expansivo con la muerte de mis padres. Para ese entonces, supongo que todo se habrá superado. Al menos, que nadie me quite la esperanza.

Y ha sido como una condena y una liberación poder conectar al azar un momento con otro (una coincidencia tan rara como ésta) entre Lina Moragan y Elisa Berdún (el nombre de mi abuela). Dos mujeres humildes y buenas, educadas en un ambiente equivocado.
Desde de aquí todas mis condolencias a toda una generación.

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