“CAMILLE CLAUDEL 1915” DE BRUNO DUMONT: JULIETTE, BINOCHE Y ALGO MÁS


Por Juan Marea.

Juliette: Déjame que te diga una cosa. Tu sufrimiento en la pantalla es necesario para que yo goce como espectador. La ternura que se escurre por tu mirada se adhiere enseguida a mi emoción y entonces una y otra crean el milagro cinematográfico. Ese que destruye artificios artísticos. Ese que empequeñece mi condición de mortal espectador.

Camille 2Binoche: No me atrevo a tutearle a la hora de apreciar su talento. Porque ¿quién soy yo para tomarme semejante confianza? La naturalidad con que su expresión muestra la vulnerabilidad de la criatura inocente condenada por el entorno a ser incomprendida. La astucia de su elegancia moviéndose de plano a plano con la suficiente generosidad como para detenerse en las diferentes secuencias y elegirme como acompañante de sus argucias en la lucha por huir de la fatalidad del destino de sus personajes.

Ambas sois citadas ahora al naturalismo descarnado del realizador Bruno Dumont y el pretexto es recrear el suplicio de Camille Claudel en un psiquiátrico con la intención de curarle del desequilibrio causado por “la imaginación y la sensibilidad” de su naturaleza de artista.

Nada que objetar cuando la acción transcurre en los contornos de dicha prisión guardada con celo profesional por monjas tan bondadosas como amenazadoras (sus tocados negros recortados en la crepuscular luz son de una belleza macabra desasosegante). Inquietantemente humanos los lamentos de las enfermas y enriquecidos cuando se mezclan con las carcajadas desquiciadas de quienes las profieren, inconscientes de no saberse del todo despojos de la sociedad. En medio de ese desalentador circo, Juliette y Binoche reinan con generosa autoridad porque su Camille es entrañable al cocinar por desconfianza sus propios alimentos y al saber que su hermano se dispone a visitarle pronto. Y porque su Claudel destila también los vestigios de la altivez e inconformismo propios de un pasado glorioso como escultora reputada cuando manifiesta repulsión por las compañeras de encierro. En uno y otro caso, gracias a la sabiduría de la actriz que sabe que para transmitir debe desnudarse de tics y poses exhibicionistas. Y se viste admirablemente con los harapos de la demente social.

Sucede, no obstante, que cuando la gran dama abandona la pantalla, cambia el rumbo narrativo y también pierde interés la propuesta: Al asumir el centro de atención el personaje de Paul, su discurso teórico ahoga lo que la imagen nos había contado hasta entonces acertadamente mediante un costumbrismo sin estridencias y en cambio ahora parece que asistamos a la homilía de alguien que no sabe bien cómo definirse más allá de la explicitud verbal. Hasta que se encuentra con el doctor (y aspirante a salvador) de Camille y allí tendrá lugar una de las escenas más conmovedoras: La concisión del facultativo unida a la estremecedora fragilidad de sus palabras (ejemplar Robert Leroy) en un cara a cara de hermosa sutileza dejan fuera de combate las pretenciosas reflexiones del malvado de la función aunque los hechos históricos le dieran la razón. A nosotros eso ya no nos interesa porque nuestra película acabó un rato antes.

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