“EL EFECTO K. EL MONTADOR DE STALIN” DE VALENTÍ FIGUERES: SIN CORTES NI LIBERTAD


kPor Juan Marea.

El montaje de una película es el resultado de la selección de imágenes y sonidos que se propone unir como elementos narrativos integrados en un todo con entidad propia. Cuando el montaje está listo, el filme debe tener ya una voz propia, una mirada peculiar y puede lanzarse a la caza de su público específico.

En otro contexto, pero sin alejarnos de nuestro campo de atención, un montaje es aquello que solo aparentemente corresponde a la verdad. Y ahí todos solemos tener algo que decir.

EL EFECTO K”  es un documento audiovisual que aglutina multitud de material bajo una consigna principal: Ilustrar el periplo de un cineasta ruso que no supo dar rienda suelta a la coherencia pretendida con sus ideales artísticos (cambiar la Humanidad). Tampoco a la hora de defender sus ardores ideológicos (el poder del pueblo para nadie más que este). Y lo que es más grave aún: Mucho menos en su vida afectiva (traicionó a su mejor amigo Serguéi Eisenstein y desarrolló una esquizofrenia sentimental que le empujó a compaginar dos familias a lado y lado del Telón de acero).

Con estos datos valiosos, Valentí Figueres confecciona laboriosamente una obra preciosista de fotografía elegantemente clásica, repleta de símbolos a partir de la conjunción de ternura animal e infantil y el horror del fascismo europeo (esos pingüinos en cotidiano movimiento superpuestos a la flema de un desfile nazi; esos niños boxeando que se consuelan mutuamente cuando uno de ellos se echa a llorar después de haberle asestado un obediente puñetazo su contrincante) y utilizando la recreación narrativa.

De este modo, el realizador se acerca esporádicamente al objetivo de avisarnos de los riesgos de apostar por una vida consagrada a la causa pública (el protagonista fue, ante todo y a la vez oculto para todos, un espía estalinista) sin margen alguno para la realización privada. Y sobre todo, da vueltas a la importancia de la manipulación de la información a la hora de obtener los fines más perversos puesto que Maxime Stransky también se vio obligado a poner sus conocimientos cinematográficos al servicio del montaje de películas propagandísticas del régimen.

Lo que ocurre con la propuesta de Figueres es que acaba devorada por su alarde expositivo. La multitud de detalles biográficos recopilados aquí, la línea narrativa excesivamente preocupada por el impacto estético de sus secuencias y el empeño por adoctrinarnos es tan desbordante que el resultado se ve aquejado por una dispersión narrativa alarmante (hay tal profusión de frases solemnes sobre la vida y aledaños que nos perdemos a menudo tomando apuntes mentales), y aquello que denuncia el postulado principal de la película acaba convirtiéndose en su principal defecto. Unos cuantos tijeretazos en la edición de la película y una síntesis de los temas tratados no solo habrían aligerado el metraje sino que además nos habrían permitido acercarnos con cierta complicidad al calvario de ese hombre y a una reflexión más sincera sobre los efectos devastadores en nuestras conciencias del periodismo dirigido.

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